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Mucho más que un empleo

Trabajar es clave en la inserción social de los discapacitados porque rompe su aislamiento y refuerza su autoestima

"El trabajo te da beneficio económico, autoestima y salud mental. Tienes días de rutina y días de descanso, eso te centra". Esta afirmación de Pablo Monteagudo, de hecho, puede valer para cualquiera. Tener empleo es muy importante para todo el mundo, y perderlo, un grave contratiempo. Pero para las personas con discapacidad es mucho más que eso, porque "su inserción laboral es clave para su inserción social". Pablo tiene 39 años y  síndrome de Freeman-Sheldon, que le provoca parálisis en la mitad del cuerpo y la cara. Con una discapacidad del 86%, su seguridad en sí mismo impacta. Es psicólogo social y coordina el Servicio de Integración Laboral (SIL) de Sant Adrià de Besòs. "Difícilmente eres una persona que cuenta como ciudadana en esta sociedad si no tienes un trabajo. Un día tú me puedes invitar al cine, pero a lo mejor alguna vez me apetece invitarte a ti. Eso es igualdad", explica.

En su momento, la sociedad le dijo a Pablo que, como persona con discapacidad, debía hacer un sobresfuerzo para llegar al mundo laboral. Ahora él ayuda a otras personas a recorrer ese difícil camino y luchar contra la discriminación y el ostracismo, mediante asesoramiento técnico y apoyo psicológico. "Tardé cinco años en encontrar trabajo de integrador después de licenciarme en Psicología en 1993. Cuando ves que no consigues trabajo, y que en muchos casos es por prejuicios hacia tu condición física y/o mental, te desesperas", relata.

Encerrados en casa

Autonomía, independencia, autoestima y reconocimiento social son los principales beneficios de obtener trabajo para las personas con alguna discapacidad, que los perciben en mayor grado que quien no la tiene, coinciden los psicólogos e integradores sociales. "Formar parte del mundo laboral rompe con el aislamiento en el que caen muchas personas discapacitadas. Si no logran trabajo o lo pierden, si se encierran en casa, son más vulnerables a cualquier discriminación y abuso", dice Nuria Charneco, formadora en técnicas de búsqueda de empleo y preparadora laboral de la Federació de Persones Sordes de Catalunya (Fesoca).

No todo el mundo, sin embargo, responde del mismo modo a estas situaciones. Hay quien tiene mayor capacidad de asimilación; para otros, el impacto es demoledor. "Algunas personas, especialmente las que tienen síndrome de Down, viven la empresa como si fuese su casa. Son embajadores de ella aquí y donde sea. Por tanto, cuando pierden el trabajo pasan por un proceso de duelo", ejemplifica Laura Krauel, psicóloga de la Fundación Aura, dedicada a las personas con discapacidad intelectual. "Y según para quién el proceso es largo. Si pierdes al marido no tienes ganas enseguida de volver a casarte", añade.

Emancipación imposible

Con una sonrisa abre la puerta de su casa Anna Vergés. Sabe por experiencia que perder el trabajo es un 'shock'. "Estuve trabajando tres meses en una empresa ordinaria que quebró y el proceso de aceptación fue muy duro. Se pasa fatal. Soy una persona nerviosa y estar en casa es asfixiante", explica. A su lado, Joaquima Oller, su madre, recuerda que la fue a buscar cuando Anna la llamó llorando porque la habían despedido: "Si para alguien sin discapacidad es duro asimilarlo, para una persona con discapacidad lo es aún más porque se añade la conciencia de que tienes menos oportunidades para acceder al mundo laboral. Al principio se hundió, pero ella es muy fuerte".

Anna tiene 30 años, y vive con sus padres en Barcelona. Sufre una hidrocefalia que le inmoviliza el lado derecho del cuerpo; eso implica un grado de discapacidad del 35%, aunque nadie lo diría a simple vista. En su infancia estudió en escuelas de educación especial y actualmente trabaja de administrativa en la federación de entidades del sector Dincat, empleo que encontró tras su paso por Aura. "No he tenido una juventud fácil. Los obstáculos han sido muchos para adaptarme a un ritmo de vida normal", apunta. Ahora se muestra contenta con poder desenvolverse como cualquier otra persona en su ámbito laboral: "Trabajo tres horas cuatro días a la semana desde hace un año y me siento integrada". Pero aun habiendo conseguido trabajo, no ve posible emanciparse porque entre el sueldo y la ayuda que recibe su padre por tenerla a su cargo no es suficiente, la suma apenas supera los 700 euros.

Depresiones

Anna vivió el dolor de la pérdida, pero ha logrado volver a trabajar. No todo el mundo puede decir lo mismo, ni mucho menos. Según datos del INE (2013), solo uno de cada cuatro españoles con discapacidad registrada (24,3%) tiene empleo. Y solo el 37,4% están activos, es decir, que tienen trabajo o lo buscan, 40 puntos por debajo de las personas sin discapacidad. Aun así, su índice de desempleo alcanza el 35%, nueve puntos más que el resto. En Catalunya, la tasa de actividad es del 39,1% .

Los que no consiguen volver a trabajar o ni siquiera han llegado a tener un primer empleo afrontan riesgos de origen puramente social. De entrada, una doble lucha contra el estigma. "Una persona sin discapacidad que se queda en paro tiene la etiqueta de parado. Una persona con discapacidad lleva la de ser parada y además discapacitada", apunta el psicólogo Toni Fontanals. Charneco lo corrobora: "El hecho de que las personas con discapacidades no tengan ayuda para integrarse socialmente desemboca en depresiones y otras enfermedades de índole emocional".

Sin miedo al futuro

Por suerte este no es el caso de  Noura ben Messoud, de 26 años, que mantiene una lucha permanente por no perder la ilusión de conseguir trabajo. "Quiero tener una vida normal, y eso pasa en parte por encontrar empleo para ser independiente. No pido demasiado: simplemente no quiero tener miedo del futuro", explica.

Noura tiene una discapacidad física del 86%, igual que Pablo, pero a ella la parálisis la obliga a ir en silla de ruedas. Es de Marruecos y lleva nueve años en Catalunya. Está acabando la ESO y hace un curso de informática en el SIL de Sant Adrià, que forma parte de Ecom, una confederación de asociaciones de personas discapacitadas de Catalunya.Hace siete meses que se independizó y ahora vive en un piso compartido. Ha enviado varios currículos a empresas para trabajar en el ámbito de la atención al público, pero no la han llamado de ninguna. Más allá de la cuestión económica -"recibo una pensión, pero que no me da para vivir", explica- está la necesidad de saberse útil: "Quiero sentir que valgo por mí misma pese a mi discapacidad".Aunque es consciente de que tiene que "luchar más que alguien que no va en silla de ruedas", algo a lo que se resigna: "No sé si es justo, pero es lo que hay".

Tres currículos por semana

La situación de Marc Monfort, de 28 años, es parecida a la de Noura, pero en otro contexto económico y social. A raíz de un tumor cerebral tiene hemiplegia del lado izquierdo y una discapacidad del 65%. Vive con sus padres en Sant Cugat, y no le urge un sueldo para mantenerse. Aun así, su objetivo es también lograr autonomía económica y personal: "Quiero sentir que aporto a la sociedad". Desde que acabó el grado de Gestión Administrativa de FP, hace un año y medio, busca trabajo incansablemente (envía una media de tres currículos por semana). Marc asegura que su vida es equiparable a la de una persona sin discapacidad, pero que a la hora de buscar empleo la cosa cambia: "No puedo trabajar de cualquier cosa, como por ejemplo de camarero, y necesito un extra de cursos formativos para poder acceder al mundo laboral".

Las empresas ordinarias con más de 50 trabajadores deben guardar por ley un 2% de las plazas para personas con discapacidad, y los organismos públicos, un 5%. Esta normativa "no siempre se cumple", apunta Monteagudo. Además, las empresas cuentan con distintas subvenciones y exenciones fiscales si contratan a un empleado discapacitado. Pero hay personas que  por su nivel de discapacidad no pueden acceder a una empresa ordinaria y necesitan apoyo constante. Por ese motivo, en 1950 se comenzaron a crear centros especiales de trabajo (CET) para ellas en Catalunya. Según datos de Dincat, en los 212 CET catalanes trabajan 13.227 personas.

Lucha por el reconocimiento

Monteagudo denuncia "la actual tendencia a derivar a estos centros personas que podrían trabajar en empresas ordinarias", con lo que no se da, bajo su punto de vista, un buen uso de la medida de inserción. "La discapacidad también es social. Si le repites a alguien que no puede hacer algo probablemente no podrá, aunque quizá sí pudiese", apunta. Aunque el informe del 2014 del Observatorio de la Discapacidad y el Mercado de Trabajo en España (Odismet) de la Fundación ONCE refleja que entre el 2006 y el 2013 se dobló la contratación de personas con discapacidad en los CET, Charneco sostiene también que con la crisis estos centros han sufrido tantos recortes que cada vez se eleva más el perfil de sus trabajadores. Así, según su experiencia, "existen personas que quedan directamente excluidas de la empresa ordinaria y del CET.  Es decir, de la posibilidad de trabajar".

Para María Cabré, vicepresidenta y gerente de Aura, aunque Catalunya ha sido pionera en tejer una red de inserción laboral, ahora "las entidades mantienen una lucha por el reconocimiento de los derechos de las personas discapacitadas, hablando con grupos parlamentarios o presionando a la Conselleria d'Empresa i Ocupació para que cesen los recortes que sufrimos desde el 2011". "En 25 años no se ha conseguido que la Generalitat establezca un sistema de apoyo económico a este colectivo", concluye.

Fuente: El Periódico

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